Diario de minería, petróleo y campo.
La izquierda propone que nadie cobre menos de 2 millones de pesos. La idea, tan atractiva como imposible, llevaría a una espiral inflacionaria, al cierre masivo de pymes y a la destrucción total del empleo formal.
Un proyecto que suena bien, pero estalla en la realidad
El anuncio de Manuela Castañeira, referente del Nuevo MAS, de impulsar un salario mínimo de 2 millones de pesos, podría figurar como una de las propuestas más insólitas del año electoral. Presentada como una respuesta al “ajuste de Milei”, en los hechos equivaldría a dinamitar el sistema productivo argentino.
La idea parte de un diagnóstico correcto —la caída del poder adquisitivo—, pero ofrece una solución mágica: multiplicar por seis los salarios por decreto, sin respaldo productivo, sin crecimiento y sin moneda estable. En términos simples, es prometer un país escandinavo con una economía africana.
Inflación al infinito: lo que pasaría si todos cobraran $2 millones
Un salario mínimo de dos millones no sólo sería impracticable: sería inflacionario al punto de la implosión. Según estimaciones privadas, el impacto equivaldría a emitir o transferir más de 15 billones de pesos mensuales.
Con esa magnitud de dinero en circulación, los precios se dispararían en cuestión de días, y el poder de compra volvería a cero. La historia argentina ya demostró —en 1975 con el Rodrigazo y en 1989 con la hiperinflación— que los aumentos nominales sin respaldo real destruyen el salario real que dicen proteger.
Los economistas coinciden: cada peso extra sin productividad se convierte en inflación pura. Aumentar por decreto no genera riqueza, sólo imprime papel.
El golpe final a las pymes
La propuesta no sólo sería una pesadilla macroeconómica: sería el fin del tejido industrial argentino. Una pyme promedio, con 20 empleados y una facturación mensual de 30 millones, necesitaría duplicar o triplicar ingresos de la noche a la mañana para pagar salarios de ese nivel.
Eso no ocurre ni en los países más desarrollados. En Argentina, la consecuencia sería obvia: despidos masivos, cierre de plantas y colapso del empleo formal.
“Una medida así barrería con lo que queda de la industria nacional. Las pymes directamente no podrían abrir las persianas”, resumió un empresario textil del conurbano bonaerense.
El país ya perdió más de 25.000 pymes industriales en la última década. Con una medida de este tipo, no quedaría ninguna.
Una economía sin anclas ni sentido común
La propuesta de Castañeira pone en evidencia algo más profundo: el divorcio entre ciertos discursos políticos y la realidad económica.
Hablar de 2 millones de salario mínimo en un país donde el 70% de las empresas no logra cubrir sus costos fijos y donde la inflación anual supera el 200%, es no entender cómo funciona una economía productiva.
Incluso países con economías estables y baja inflación, como Chile o Uruguay, no tienen salarios mínimos equivalentes a 2 millones de pesos argentinos. Pretender imponerlo acá es destruir la moneda, el crédito y el sistema laboral en una sola ley.
Populismo numérico: la trampa del slogan fácil
El populismo económico tiene una ventaja: no necesita números, sólo emociones. Pero en la práctica, cada “solución fácil” termina en un nuevo desastre.
Subir salarios sin productividad, sin inversión y sin estabilidad, no genera bienestar: genera pobreza acelerada.
El salario real no mejora por decreto, mejora cuando hay más producción, más exportaciones y menos impuestos. Argentina no necesita utopías: necesita un plan económico serio que devuelva sentido común al debate público.
Una Argentina sin industria
Si una medida así se aplicara, el resultado sería inmediato: inflación de tres dígitos mensuales, cierre de fábricas, despidos masivos y colapso fiscal.
El país quedaría convertido en una economía sin empresas, sin moneda y sin inversión. En otras palabras: una economía sin futuro.
El verdadero drama de la Argentina no es la falta de ideas, sino la abundancia de fantasías económicas que suplantan el trabajo serio.
Un salario digno es el objetivo. Pero el camino no es decretar riqueza, sino generar productividad, inversión y crecimiento sostenible.
Mientras la política siga ofreciendo consignas en lugar de soluciones, cada propuesta “para el pueblo” seguirá hundiendo un poco más a los que dice defender.
¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que se puede vivir mejor sin producir más?






