Diario de minería, petróleo y campo.
Mercado Libre consolidó su lugar como plataforma dominante del comercio electrónico en Argentina y América Latina apelando a la innovación y la competencia abierta. Pero ahora, frente al desembarco agresivo de Shein y Temu, su CEO local pide lo contrario: más control, más barreras y nuevas reglas de juego. La pregunta es inevitable: ¿defensa del trabajo nacional o defensa de posición de mercado?
Lo dicho por Juan Martín de la Serna en la conferencia anual de Abeceb no pasó desapercibido. Fue uno de los planteos más directos que Mercado Libre realizó sobre la irrupción de plataformas chinas de comercio electrónico, especialmente Temu y Shein, que están expandiéndose con fuerza en América Latina. El argumento central planteado por el ejecutivo es que estas compañías operan con una estructura de costos y un régimen de importación que les permite inundar la región con productos extremadamente baratos, en muchos casos de baja calidad, lo que —según Mercado Libre— genera una competencia desigual frente a las pymes locales.
La paradoja es evidente. Durante años, Mercado Libre se posicionó como el gran motor de la “libre competencia” y la “desintermediación”. Fue, de hecho, una fuerza disruptiva frente a comercios tradicionales, cadenas físicas y sistemas tributarios que aún no estaban adaptados a la economía digital. Ahora, la misma empresa que capitalizó ese terreno poco regulado solicita que el Estado intervenga para equilibrar el juego. La metáfora es clara: ya dentro del castillo, pide subir el puente levadizo.
Pero el planteo no es solo comercial sino político e industrial. En la primera mitad de 2025, Temu incrementó su base de usuarios activos en la región un 143%, alcanzando 105 millones de consumidores que buscan precio, variedad y compras impulsivas. Shein, por su parte, domina el universo de la moda rápida con una estrategia de marketing hipersocial que conecta con jóvenes de ingresos bajos y medios, donde el deseo se construye scroll a scroll, no vidriera a vidriera. No es solo una competencia de precios: es una competencia cultural.
De la Serna subrayó que Mercado Libre emplea a más de 112.000 personas en la región, principalmente en logística, y que el 90% de su volumen de ventas corresponde a pymes locales. Es, sin duda, el argumento más sólido en la defensa pública de la compañía. Si el consumo interno se vuelca masivamente a productos importados de bajo costo, las empresas argentinas que fabrican, diseñan, reparan, transportan y distribuyen perderán terreno. Y cuando desaparece la producción, no solo se pierde empleo: se pierde trama económica, es decir, esa red de proveedores, talleres, servicios y conocimiento que sostiene al tejido industrial del país.
Lo que Mercado Libre plantea es que abrir el mercado sin restricciones en un país sin política industrial es, en los hechos, condenar a muerte a esos actores. Sin embargo, este argumento también tiene otra lectura: la protección de las pymes es inseparable de la protección del modelo de negocio de Mercado Libre, porque sin vendedores locales, la plataforma pierde significado. No existe comercio electrónico robusto si no existe producción y oferta local. Ahí es donde la defensa del mercado interno y la defensa empresarial confluyen… y también se confunden.
En su exposición, De la Serna recordó que cuando Amazon desembarcó en Brasil hace una década, Mercado Libre tuvo que acelerar inversiones, optimizar procesos y reforzar su logística. “Nos obligó a elevar el nivel”, dijo. Sin embargo, marcó una diferencia: el desafío de Amazon era competitivo; el de Shein y Temu, estructural. Es decir: Amazon venía a jugar al mismo juego. Shein y Temu alteran las reglas: traen productos de muy bajo costo desde fabricantes propios, saltando intermediaciones y aprovechando regímenes fiscales diseñados para envíos minoristas, no para operaciones masivas encubiertas.
La discusión excede, entonces, a Mercado Libre. Hoy Argentina debe decidir qué modelo de comercio digital quiere. Un país puede optar por la mercancía más barata posible —lo que alivia el bolsillo, sobre todo en períodos de ingreso deprimido— o puede priorizar una estructura productiva que genere empleo y agregue valor local. El dilema no es moral: es estratégico. Y como todo lo estratégico, es incómodo.
En el fondo, lo que se está discutiendo no es solo quién vende más barato. Se está discutiendo qué país queremos construir cuando compramos algo por el celular.
¿Consumidor o ciudadano?
¿Precio o empleo?
¿Mercado sin fronteras o industria nacional con futuro?
No hay respuestas simples. Pero no debatirlo sería la peor respuesta.






