Diario de minería, petróleo y campo.
La apertura indiscriminada de importaciones que impulsa el Gobierno ya se traduce en una caída abrupta de la actividad metalúrgica y en el derrumbe del uso de la capacidad instalada a niveles de pandemia. Si el esquema se profundiza, el resultado será devastador: inflación descontrolada, cierre masivo de pymes y una economía reducida a la exportación de materias primas.
Un déjà vu que huele a los 90
El colapso industrial que reflejan los datos de ADIMRA revive la película conocida del menemismo: apertura sin protección, dólar barato, fábricas que bajan las persianas y empleo evaporado. En septiembre, la producción metalúrgica cayó 5,2% interanual y el sector opera un 30% por debajo de su pico histórico.
“Estamos en niveles casi idénticos a un año tan malo como 2024”, advirtió Elio Del Re, presidente de ADIMRA, que representa a más de 24.000 empresas del rubro. En paralelo, el uso de la capacidad instalada cayó a su nivel más bajo desde junio de 2020, cuando las fábricas permanecían cerradas por la cuarentena.
El fenómeno no se explica solo por la falta de crédito o la recesión interna, sino por la avalancha importadora: las compras externas de productos metalúrgicos crecieron 28,4% interanual en dólares y 55% en toneladas. Es decir, el país vuelve a importar lo que antes producía.
Inflación importada y sin ancla
El discurso oficial promete que abrir las importaciones “contendrá los precios”, pero la experiencia argentina y global demuestra lo contrario. Cuando una economía se abre sin reservas suficientes ni una estructura industrial sólida, la inflación se traslada desde afuera hacia adentro.
Importar bienes, insumos o maquinaria en dólares, mientras los salarios, las tarifas y los impuestos permanecen en pesos, genera un desbalance que se cubre con emisión, endeudamiento o devaluación. Cualquiera de las tres alternativas acelera la inflación.
“El dólar planchado y la apertura simultánea son una bomba de tiempo. Si se mantiene este esquema, la Argentina terminará comprando a crédito lo que ya no puede producir”, advierte un economista del IAE Business School consultado por Agenda Industrial.
La trampa de la eficiencia sin industria
La narrativa del libre mercado asegura que “la competencia mejora la productividad”. Pero omite que el 80% del entramado metalúrgico son pymes: empresas familiares que pagan salarios en blanco, tributos locales, energía, logística y tasas bancarias con un peso sobre sus costos que no existe en China ni en Brasil.
Mientras en China la industria recibe subsidios energéticos y crédito blando, en la Argentina las pymes deben financiarse al 80% anual. En esas condiciones, competir es imposible. “Este modelo te lleva directo a China”, reconoció a Ámbito una fuente cercana a importadores. No es eficiencia: es sustitución de la producción nacional por empleo extranjero.
Del taller cerrado al vacío productivo
El impacto de esta política va mucho más allá del sector metalúrgico. Cada cierre industrial implica la pérdida de proveedores locales, menos demanda de energía, menos consumo interno y menos recaudación. Se forma un círculo vicioso que termina licuando el empleo formal y el poder adquisitivo.
Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Buenos Aires ya registran caídas simultáneas. El empleo sectorial cayó 3,2% interanual, y ADIMRA anticipa que el golpe más fuerte se sentirá hacia fin de año. “Las pymes están estirando todo lo que pueden para no despedir, pero la caída de la actividad es muy profunda”, señalan desde la entidad.
Sin industria, tampoco hay minería competitiva, ni petróleo con valor agregado, ni desarrollo de infraestructura nacional. El país queda condenado a exportar minerales e importar maquinaria, como en el siglo XIX.
La apertura sin estrategia es rendición económica
La apertura comercial no es un problema en sí misma: lo es cuando se hace sin crédito, sin tipo de cambio realista y sin una política industrial que acompañe. Sin esas condiciones, no hay competitividad posible.
Abrir todo de golpe puede hacer que los precios bajen durante unos meses, pero al costo de destruir miles de empresas. Y cuando esas fábricas desaparecen, los precios vuelven a subir, porque ya no hay producción local que los contenga.
El país necesita inversión, tecnología y mercados, pero sobre todo una estrategia nacional que defienda su producción. Sin industria, no hay independencia económica, ni empleo digno, ni futuro posible.
Claves
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La producción metalúrgica cayó 5,2% interanual y el uso de capacidad instalada es el más bajo desde 2020.
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Las importaciones crecieron 28% interanual, concentradas en bienes de capital, autopartes y maquinaria agrícola.
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El 90% de las empresas no prevé aumentar personal y anticipa nuevos recortes.
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Una apertura total dispararía la inflación y aceleraría el cierre de pymes.






