Diario de minería, petróleo y campo.
Con más de 35.000 hectáreas reducidas a cenizas, la Patagonia enfrenta una de sus horas más oscuras. Mientras el fuego en Puerto Patriada deja un paisaje lunar, en Los Alerces el bosque milenario resiste ante focos activos que amenazan con unirse en un frente de destrucción total.
La magnitud de la pérdida
Para dimensionar la tragedia es necesario mirar las cifras desde la geografía. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) abarca una superficie de 20.300 hectáreas. Los reportes oficiales de este 25 de enero de 2026 confirman que la superficie quemada en Chubut ya supera las 35.000 hectáreas.
Para el lector que intenta imaginarlo desde lejos: es como si toda la Capital Federal, desde el microcentro hasta los barrios más alejados, hubiera desaparecido bajo el fuego, y a eso se le sumara casi otra ciudad entera (un 70% extra de superficie) en cenizas.

* Parque Nacional Los Alerces: Aquí la herida es profunda y simbólica. Se estima que más de 10.000 hectáreas han sido alcanzadas. No es solo pastizal; son ejemplares de Alerce, Lenga y Coihue que tardan cientos de años en crecer. La «actividad extrema» en sectores como Villa Lago Rivadavia y el Arroyo Centinela ha obligado a evacuar a pobladores y turistas, mientras los brigadistas luchan en terrenos de pendiente pronunciada donde el acceso es prácticamente imposible por tierra.
hectáreas quemadas – 1.7 × superficie de CABA
El heroismo de un operativo federal sin fronteras
Ante la gravedad de la situación, se ha activado un movimiento de solidaridad y logística federal que conmueve. Más de 500 brigadistas y bomberos voluntarios de todo el país han dejado sus hogares para sumergirse en el humo de la cordillera.
Desde la Ciudad de Buenos Aires, una dotación de 37 especialistas con unidades móviles y cuatriciclos trabaja codo a codo con los equipos del ETAC de Córdoba, expertos en incendios de montaña. Provincias como San Luis, San Juan, Santa Cruz y Río Negro (a través del SPLIF) han enviado sus mejores cuadros técnicos.
En el aire, la batalla se libra con 15 medios aéreos. El Boeing 737 «Fireliner», con su capacidad masiva de descarga, se ha vuelto una pieza clave para enfriar perímetros donde el calor es tan intenso que los brigadistas no pueden acercarse a menos de 50 metros. Sin embargo, la meteorología es el enemigo principal: la «inversión térmica» y el humo denso a menudo dejan a los aviones en tierra, dejando a los hombres y mujeres solos con sus herramientas de mano y mochilas de agua frente a muros de fuego.

El impacto ambiental
Especialistas y organizaciones han documentado la severidad del daño. El problema no es solo lo que se quema hoy, sino lo que pasará mañana. Los expertos advierten que la alta temperatura del suelo tras estos incendios mata incluso las semillas subterráneas, facilitando la invasión de especies exóticas como el pino, que crece más rápido y es mucho más inflamable, creando un círculo vicioso de fuego para el futuro.
La fauna también sufre el exilio o la muerte. Pobladores locales relatan haber visto pumas, zorros y ciervos bajando de las altas cumbres hacia los valles, escapando del calor extremo y el aire irrespirable. «Es la tristeza más absoluta. Se está quemando nuestra historia, nuestro hogar y nuestro bosque», relatan los vecinos que se organizan para asistir a los bomberos.
La sombra de la intencionalidad
Mientras los brigadistas arriesgan sus vidas, la justicia avanza sobre una hipótesis dolorosa: la intencionalidad. En Puerto Patriada, la Fiscalía ha confirmado que los focos iniciales fueron provocados de manera estratégica en horarios de baja visibilidad para dificultar la respuesta aérea. El gobernador Ignacio Torres ha sido tajante al respecto, exigiendo penas máximas para quienes calificó como «miserables que prendieron fuego».
Un futuro en suspenso
A medida que avanza la semana, todas las miradas están puestas en el cielo. No se esperan lluvias importantes, y la ola de calor se intensifica. La labor de los brigadistas ahora es técnica y agotadora: abrir «brechas» en el bosque, limpiar el terreno y esperar que las líneas de defensa resistan los cambios de viento.
Chubut hoy es una provincia herida, pero que resiste gracias a una red de brigadistas que, llegados de todos los puntos cardinales del país, demuestran que ante una catástrofe de esta magnitud, no hay fronteras provinciales que valgan.






